Nota: lamento que haya más relatos que poesía, pero estoy más inspirada en estos momentos para la prosa. Ya escribiré un aluvión de poemas.
Esperanza
La noche es oscura, muy oscura, sin luna. Unas pocas estrellas aparecen medio difuminadas por unos jirones de nubes.
Él lleva caminando todo el día, sin pausa; sus pies están deseando descansar y su estómago protesta pidiendo comida. Hace unas diez horas que comió por última vez. Decide avanzar un poco más por esa calle; tal vez encuentre un puesto de comida o unos bancos. Esperanzado, recorre el corto trecho que resta y desemboca, tras doblar un recodo, en una gran plaza.
Delante mismo de él hay una especie de enorme parterre lleno de tierra y con algunas plantas verdes; pegado al parterre, un parking subterráneo. Él camina un poco más para abarcarlo todo con la mirada. Al fondo divisa dos edificios grandes y con aspecto de ser antiguos. Un reloj corona el más grande de ellos, y marca las nueve de la noche. Él sigue caminando, observándolo todo con desconfianza; nunca ha estado en esa plaza, a pesar de llevar unas tres o cuatro semanas en la ciudad. Delante del edificio pequeño hay un parquecito para niños con columpios y un puentecito de madera. Aún hay pequeños jugando, vigilados por sus madres.
En el centro de la plaza hay una fuente; se acerca a ella, y como es muy bajita, introduce los pies doloridos, que se le alivian instantáneamente. Después se sienta en un banco y observa a su alrededor con curiosidad.
La noche se desliza suavemente.
Él se queda sentado durante todo el día siguiente. Está muy cansado y todo su cuerpo agradece que descanse. Lástima no tener comida...
Por la mañana, los únicos visitantes de la plaza son unos abuelos que echan migas a las palomas y madres amas de casa con niños demasiado pequeños para ir al colegio. A su lado toma asiento una chica joven, de unos veinte años, con un niño pequeño en un carrito. La chica se desviva por el pequeño, le hace arrumacos, se ríe cuando, al darle de comer, el niño le escupe la papilla en la cara. Lo embarga una profunda sensación de tristeza. A él nunca le han tratado así, jamás conoció el amor de una madre o hermanos mayores o pequeños. Siempre ha tenido que sobrevivir en la calle, con ropa sucia y rota y, de vez en cuando, obligado a robar y a mendigar dinero.
Por la tarde, al ser viernes, acuden niños y adolescentes de todas partes. Mira a un grupo de niños que juegan a pasarse una pelota y entonces es testigo de una de las cosas más terribles del mundo: la marginación.
Un niño de unos siete años, la misma edad que el resto del grupo, se acerca tímidamente y pregunta si puede jugar. Los niños se sitúan en fila delante de él y lo miran sin decir nada. Después lo rechazan, alegando que no es del grupo e insultándolo con fiereza. El niño se va llorando, humillado. Le recuerda tanto a sí mismo...
Por la noche sigue sentado en el mismo lugar. Sólo se ha acercado al supermercado a por algo para comer. Los adolescentes de la noche anterior están en el mismo lugar.
Pero algo ha cambiado.
Ella.
Hay una chica de su edad, más o menos, sentada en un banco frente a él. Tiene aspecto de haberse escapado de casa, igual que él. Se miran durante toda la noche. Ella es muy guapa, con el cabello rubio y sucio de estar por la calle y dormir en portales mugrientos.
Él acaba por dormirse. El cansancio puede con él.
Al romper el alba, la chica está frente a él. Le dice su nombre. Le tiende la mano con los ojos cargados de promesas.
Él la coge. No tiene miedo. Sólo esperanza.
¿Fin...?

En relación con la nota que encabeza el relato:
ResponderEliminarHe encontrado un viejo cuaderno de poesías. Estoy trabajando para pasarlos al blog.