domingo, 26 de diciembre de 2010

Primer Relato.

Egoísmo
Marina despertó lentamente; le dolía algún punto detrás de los ojos, y mientras se incorporaba, se tocó la frente con los dedos, que le ardía. Echó un vistazo al panorama y se quedó helada de terror.
Se hallaba en un lugar desconocido; era como una especie de frondoso bosque, con siniestras siluetas de árboles altísimos y negros recortándose contra un cielo rojo como la sangre. De vez en cuando revoloteaban entre las ramas pájaros que graznaban con fuerza. Un escalofrío recorrió a Marina. Tampoco llevaba sus ropas: sus simples vaqueros y sudadera habían desaparecido para dar lugar a un largo vestido rojo hasta los pies. ¿Qué lugar era aquél? ¿Dónde estaban los animales, a excepción de los pájaros? ¿Por qué estaba allí? Los interrogantes se agolpaban en su cabeza, asustándola más y más conforme crecían las preguntas sin respuesta.
Marina se alzó del lugar donde se encontraba –las raíces de uno de esos árboles negros– y empezó a caminar. Ni siquiera llevaba zapatos y las piedras del sendero irregular que estaba siguiendo se le clavaban en las plantas de los pies. Estaba muy asustada. Su mente lógica trataba de encontrarle alguna respuesta a las preguntas que se hacía sin pausa, en vano. 
De repente se paró en seco. Le había parecido que la llamaban.
Escuchó atentamente y, sí, allí estaba de nuevo: una especie de voz que susurraba su nombre, al volumen justo para que sus oídos lo captaran. Se aterró aún más. ¿Pretendían volverla loca? Pues lo estaban consiguiendo.
Con la llegada de la noche empezó a hacer frío. Las voces incorpóreas que la habían acompañado toda la tarde remitieron, pero ahora se enfrentaba a otros enemigos peores si cabe: hambre, frío, tal vez animales salvajes. Marina se acurrucó entre las raíces de un árbol, se tapó los pies con los zarrapastrosos bajos                  –fruto de caminar toda la tarde tropezándose con ellos– de su vestido y trató de dormir. Sin conseguirlo, por supuesto.
Siguió caminando en cuanto salió el sol. Podría haberlo hecho hacía horas, ya que no durmió ni diez minutos, pero no se atrevía por miedo a caerse por un barranco o algo similar.
A mediodía comenzó a ver caras de sus seres queridos por el cielo, uniéndose a las voces. ¿Un nuevo tormento? Probablemente; las caras se transformaron en escenas en las que ella les hacía daño de cualquier forma. Marina gritó, aterrorizada, y echó a correr, sin pensar en nada que no fueran disculpas y lamentos.
Y así transcurrió el segundo día. En más de una ocasión, la joven creyó que iba a morir, o que se volvería loca, pero no fue así. Al parecer, sus castigadores querían atormentarla un poco más.
El tercer día no fue mejor. De hecho, fue el pero de los tres que Marina tuvo que sobrevivir en el bosque.
Por la mañana, como la anterior, comenzó a caminar siguiendo el sendero, que desaparecía muchas veces y entonces tenía que apañárselas hasta que volvía a aparecer. Tenía muchísima hambre; hacía más de doce horas que no comía, sólo había podido beber en un riachuelo que se cruzó. Por eso, cuando encontró un seto con bayas enormes y rojas creyó estar ante una jugarreta de su visión. Pero no: tomó una con los dedos y allí estaba: era real.
Le dio un ataque de locura. Recogió todas las bayas que pudo en el hueco de sus manos y empezó a saltar y bailar mientras comía. Cada una le sabía deliciosa. Cuando se cansó de corretear se sentó en el suelo, dispuesta a comerse todas las bayas del arbusto.
No sabía que la observaban.
Habían pasado apenas dos minutos cuando Marina, con una baya en la mano, sintió un aliento caliente en la nuca. Se le cayó el fruto de entre los dedos. Como en una película de terror giró la cabeza como a cámara lenta, muy muy lentamente.
Y gritó. Fue un grito que sacudió al mundo. Los pájaros negros volaron sobre su cabeza graznando. Fue un grito tan lleno de miedo, de desesperación, que sólo podía estar motivado por el terror en estado puro.
Corrió. Casi no sentía el suelo bajo sus pies, pero sí el aliento de la criatura que la perseguía. Era como una especie de lobo gigantesco, negro, y con los ojos brillantes y con el brillo de la demencia asesina. Los guijarros se clavaban en sus pies desnudos pero no le importaba, sólo quería salvar su vida.
¿O tal vez no?
Mientras corría pensó si quería seguir viviendo así, entre miedo, frío, hambre, desolación. Y pensó que no merecía la pena. Por eso empezó a pedir perdón mentalmente, arrepintiéndose de todas y cada una de sus faltas. No quería dejar nada al azar. Y cuando consideró que había acabado frenó en seco, esperando con los ojos cerrados la fría mordedura del lobo que acabaría para siempre con su sufrimiento.
Pero no fue así. De repente se encontró en su cama, como si nada hubiera pasado, con el pijama puesto. Pensó si habría sido un sueño, pero...
Lo que has vivido ha sido real, Marina. Procura aprender de tus errores y sólo así serás una mejor persoa. Piensa más en los demás y, si alguna vez de comportas de una forma extremadamente egoísta, volverás allí y lo pasarás mucho peor.

* * *

Sofía despertó en un extraño bosque y...

¿Fin...?

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