domingo, 26 de diciembre de 2010

Segundo Relato.

Oscuridad
Me desperté, bajo la influencia de un mal sueño, sobre las tres de la madrugada. Ya no se le podía hacer nada; me había desvelado totalmente.
Me levanté de la cama y me senté en el alféizar de la ventana, uno de mis lugares favoritos para leer, mirar el paisaje o simplemente, pensar. Contemplé la larga avenida rodeada de cuidados rosales, el estanque con peces de colores, el diminuto cenador al fondo... Y me invadió una agradable sensación de beatitud.
La serenidad se rompió cuando llamaron a la puerta.
-¿Sí?
Era Matilda, la asistenta. Sus manos se agitaban nerviosas y sus grandes ojos negros iban de un lado a otro.
-¿Qué ocurre? -quise saber al verla tan alterada.
-Señorita -respondió ella con su marcado acento peruano-, ha ocurrido algo. Han llamado del hospital preguntando por usté y les he dicho que en sinco minutos estábamos allí.
-Bueno, vale -repuse sorprendida.
Me vestí rápidamente y salimos al frío de la calle.
El hospital distaba a sólo dos calles, así que hicimos el corto viaje andando deprisa. No tardamos más de cinco minutos en llegar. Tan pronto como Matilda susurró algunas frases en recepción, apareció una enfermera sonriente y nos condujo a través de los pasillos.
La enfermera era como una especie de robot, con su sonrisa más falsa que el Teletienda y sus condescendientes respuestas. Estaba contaminada por un desinterés absoluto por las cosas y no se fijaba en nada. Esta circunstancia, además de mi odio por los hospitales, hizo que la visita se hiciera, como mínimo, incómoda.
El número de la habitación ante la que se paró la robótica enfermera tenía el número 666 grabado en la puerta. Yo no creo en estas cosas, pero no se me antojó un buen augurio. Abrí la puerta.
El tiempo quedó congelado y el mundo se detuvo.
La persona que estaba echada sobre la cama, cubierta de sangre, era aquella a la que yo más amaba en este mundo. Con un grito de dolor y desesperación me arrojé sobre su cuerpo inmóvil, manchándome la piel y la ropa de sangre. No me importó.
-Isma... -susurré desolada.
Un médico me observaba desde atrás. Con el rostro anegado en lágrimas, le pedí una explicación.
-Lo trajo una ambulancia hace media hora -explicó él-. Le hemos curado los cortes más profundos...
-¿Vivirá?
El médico apoyó el peso sobre una y otra pierna alternativamente, incómodo.
-Es posible que sí... Pero...
De repente, los intermitentes pitidos a los que no había prestado atención hasta ahora se transformaron en un único y doloroso final. El médico y la enfermera se lanzaron a por él, pero yo sufrí un ataque de histeria: grité como una posesa, aporreé la pared con los puños y escapé corriendo del hospital.
Pasé semanas y semanas llorando, confusa, abrazada a un viejo oso de peluche. No fui al instituto. Mi madre incluso creyó que necesitaba tratamiento psiquiatra, pero la convencí de que me dejara un poco más de tiempo. A partir de entonces traté de controlar más mis sentimientos.
Cuando vio que había mejorado visiblemente, quiso que saliera a divertirme un rato. Motivada por la idea, mi madre telefoneó a varias de sus amigas, una de las cuales me invitó a su enorme casa de campo; tenía una hija de mi edad. La amiga anunció que se trataría de un baile de disfraces, así que mi madre me compró un bonito vestido blanco, zapatos y una máscara como de cisne.
Llegado el día de la fiesta, una jornada de nieve y frío, acudimos al lugar. Era inmenso, una casa gigantesca rodeada de... un parque, más que un jardín, con un pinar incluido. Me mezclé con los asistentes, tratando de divertirme, pero encontraba aquella fiesta francamente ridícula y vacía. Así pues, me fui a pasear.
Me adentré, presa de mis pensamientos, en el pinar. En su mismo centro había un estanque de aguas negras que, clavado en la tierra, parecía un ojo que todo lo viese. Me quité los zapatos para tocar con los pies desnudos el frío de la nieve; enseguida se me durmieron de frío. Me deshice, así mismo, de la máscara: ¿qué sentido tenía fingir cuando ya no estaba en la fiesta?
Mi mente tomó una decisión sin que yo me diera cuenta. Empujada por ella, comencé a entrar en el estanque, poco a poco. El agua estaba casi tan fría como la nieve, pero no me detuve. Era mucho más profundo de lo que imaginaba; aún no había llegado a la mitad y ya me cubría hasta el pecho.
En mi dolor quise dar un paso más. Quise acabar con el miedo, la desesperación, las noches en vela. Así que me sumergí con un último grito cargado de alivio.
Bajo la superficie pensaba. A toda velocidad, aprovechando el escaso tiempo que me quedaba antes de morir. Cuando comenzaba a asfixiarme sonreí, satisfecha. En breve estaría con mi amado.
Ya sólo faltaban dos segundos más, y todo acabaría.
Entonces sentí que una mano me agarraba, tiraba de mí, salía del estanque. Caí como un fardo pesado en la nieve. Estaba casi asfixiada, pero aún así, lo vi.
Él.
Isma.
-Adela, mi amor... no morí aquel día en el hospital... Sólo entré en coma. Por favor, no te mueras...
Lloraba y lloraba. Sus lágrimas tibias caían sobre mi piel inerte y fría. No había salvación.
Había muerto.
Pero había aprendido una cosa.
Si mueres por tus sueños, por aquello que amas, entonces la muerte será fácil.

¿Fin...?

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